González Echegaray | Pisando tus umbrales, Jerusalén | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 416 Seiten

Reihe: El mundo de la biblia

González Echegaray Pisando tus umbrales, Jerusalén

Historia antigua de la ciudad
1. Auflage 2011
ISBN: 978-84-9945-155-8
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Historia antigua de la ciudad

E-Book, Spanisch, 416 Seiten

Reihe: El mundo de la biblia

ISBN: 978-84-9945-155-8
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



La ciudad de Jerusalén resulta todo un símbolo cargado de connotaciones. Para un creyente o un miembro de cualquiera de las tres grandes religiones monoteístas, el relieve que adquiere la vieja ciudad es notable, pues Jerusalén es la Ciudad Santa por excelencia. El presente libro pretende acercarnos a Jerusalén y hacernos pisar sus umbrales, siguiendo paso a paso su antigua historia. Además, la obra presenta un amplio apéndice que resume los acontecimientos que han tenido lugar en Jerusalén desde la conquista del califa Omar en el 638 hasta nuestros días.

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1. Situación geográfica

El esquema geográfico del país donde se encuentra la ciudad es bastante fácil de comprender, aunque este entraña grandes contrastes. La costa mediterránea sigue sensiblemente una trayectoria norte-sur, con ligera inclinación al oeste, que va acentuándose progresivamente hasta empalmar al final con la costa africana, la cual va de este a oeste. El litoral se caracteriza por la existencia de una prolongada llanura, sólo interrumpida en el norte por el espolón del monte Carmelo que llega incluso a adentrarse en el Mediterráneo en forma de promontorio. Tras los llanos de la costa, normalmente verdes a causa de las lluvias que trae el viento marítimo del oeste, viene en el tramo centro-sur una zona de colinas conocida con el nombre de la Sefela. A continuación tenemos un sistema montañoso, que sigue la dirección norte-sur, con alturas que apenas sobrepasan los mil metros, cordillera llamada montaña de Efraím y montaña de Judá respectivamente en sus tramos norte y sur. El paisaje es áspero y quebrado, perdiéndose el encanto y parte de la verde vegetación de la zona más próxima al mar.

2. Vista de Jerusalén desde el monte de los Olivos. En primer término se ve la explanada de las mezquitas con la Cúpula de la Roca y a la izquierda el Aqsa.

Las laderas al levante de este sistema montañoso son completamente distintas de las del poniente, pues enseguida se convierten en un paisaje desértico, surcado por profundos barrancos, por donde sólo corren las aguas los escasos días que llueve en invierno. Las nubes procedentes del Mediterráneo quedan detenidas en la cima de las montañas, dejando desolada y sedienta esta vertiente del este, a su vez expuesta a los cálidos y secos vientos que vienen del Gran Desierto siro-arábigo. Dicha falda montañosa se prolonga hasta el valle del Jordán. Este río corre, también de norte a sur, según el esquema orográfico general del país, pero en el fondo de una profunda fosa tectónica, hasta su desembocadura en el mar Muerto, cuya superficie se encuentra a más de 400 metros por debajo del nivel del Mediterráneo. 

Pues bien, en este esquema orográfico-climatológico, que tan peculiarmente caracteriza la mayoría del país conocido como Israel-Palestina, la ciudad de Jerusalén se levanta sobre la línea de cumbres de la montaña de Judá. La llamada Ciudad Vieja, todavía amurallada, está por término medio a unos 760 metros sobre el nivel del Mediterráneo, pero otros barrios periféricos, como Et-Tur en el monte de los Olivos, sobrepasan los 800 metros. Es bastante normal la existencia en el país de estas ciudades sobre las cumbres (Mt 5,14); tal es el caso de Belén, Hebrón, Ramala, o ya en el norte, en Galilea, cuyo esquema orográfico varía un poco, las ciudades de Nazaret y Sefat. No se trata simplemente de poblaciones edificadas sobre un cerro o montaña –éste sería el caso de Samaría–, sino de ciudades ubicadas en la misma línea de cumbres de la sierra. También es verdad que en ocasiones estas ciudades de montaña buscan el amparo de los altos valles, como sucede con Siló y Siquem, pero no éste el caso de Jerusalén. De ahí que la expresión «subir a Jerusalén», tan empleada en la Biblia como en el lenguaje actual del país (nadie «va» a Jerusalén, sino «sube»), es perfectamente adecuada a la realidad geográfica. Recuérdese al respecto la frase que los evangelios ponen en labios de Jesús: «Mirad que subimos a Jerusalén» (Mt 20,18; Mc 10,33; Lc 18,31). 

Ya hemos dicho que nuestra ciudad se asienta sobre una superficie muy irregular y quebrada. Para referirse a ella se habla de ciudad sobre colinas, por semejanza a las famosas siete colinas de Roma. Pero en el caso de Jerusalén no se trata propiamente de colinas, sino de diversas y variadas cotas de altura que la montaña va adquiriendo en esta zona, dando lugar a cerros y vaguadas. 

El clima de Jerusalén, encuadrado dentro de lo que se entiende por clima mediterráneo, ofrece caracteres especiales. El índice pluviométrico es muy elevado, entre 589 y 600 mm de lluvia anual, resultando muy por encima del de Madrid (400 mm) e incluso del de París (552 mm). Sin embargo, las lluvias no se producen a lo largo de todo el año, sino que se distribuyen ajustándose marcadamente a un estricto régimen de estaciones y son por lo general de carácter torrencial, lo que suele originar en los barrancos riadas tan copiosas como efímeras. 

Hacia principios de noviembre puede tener lugar un breve ciclo de lluvias, conocidas ya en la Biblia con el nombre de «lluvias tempranas» (Dt 11,14; Jr 5,24; Sant 5,7), que contribuyen al éxito de la siembra en los campos. Hacia finales de diciembre, pero normalmente iniciado el mes de enero, comienza la estación de las lluvias, que se prolonga durante el mes de febrero. Aunque no es lo normal, se dan casos en que las precipitaciones son en forma sólida, es decir, nieva en Jerusalén. A partir de los comienzos del mes de marzo el tiempo mejora y sólo se verá perturbado por otro pequeño ciclo de lluvias a finales de dicho mes o al comienzo de abril, que recibe el nombre bíblico de las «lluvias tardías», las cuales aseguran la cosecha. Desde entonces y por espacio de seis meses no vuelve a llover en Jerusalén. 

Los vientos, no precisamente violentos, que dominan en la ciudad y su entorno, son por lo general de componente oeste, es decir, vientos procedentes del Mediterráneo, frescos y húmedos. A veces, sin embargo, son sustituidos por vientos del este, que proceden del desierto. Entonces el ambiente se caldea y se reseca y no es raro que la atmósfera pierda su nitidez habitual, formándose una calima debida a la presencia de arenas en suspensión. Esta situación climática, que normalmente perdura algunos días, suele darse con preferencia en primavera o en otoño. El pueblo la conoce con el nombre de hamsim, por la falsa creencia de que el tiempo cálido va a prolongarse durante cincuenta días. 

En Jerusalén las temperaturas diurnas, cuando el viento del oeste no es fuerte ni trae lluvias, suelen ser elevadas, en tanto que las nocturnas siempre son bajas, salvo en los días de hamsim, ello debido principalmente a la altura. Esto quiere decir que las diferencias térmicas en una sola jornada pueden ser muy pronunciadas, lo que hay que tener en cuenta para apreciar el significado que tienen las medias termométricas. La media de abril a octubre es de 21,9 °C, y la de noviembre-marzo de 12,2 °C. Sin embargo, en pleno verano la temperatura diurna puede llegar fácilmente e incluso sobrepasar los 30 °C, mientras que esos mismos días la temperatura nocturna descenderá a 18 °C y aún a menos. Se ha dicho, atribuyendo a Jerusalén una expresión inicialmente aplicada a ciertos lugares del norte de África, que se trata de un país de clima frío con un sol abrasador, lo que realmente define muy bien el ambiente de la ciudad, donde durante gran parte del año es necesario protegerse del sol implacable, pero donde a su vez siempre habrá que contar con alguna ropa de abrigo para la puesta del sol, evento que se produce con rapidez, ya que el crepúsculo allí es brevísimo. 

La naturaleza del clima y la falta de ríos con corriente permanente ha influido, desde siempre, en la forma de aprovisionamiento de agua para el servicio de la ciudad. Como veremos más tarde, existen algunas fuentes naturales, pero ya desde la época helenística, cuando el uso de agua abundante se convierte en una exigencia del nuevo estilo de vida, el suministro ha tenido que ser resuelto mediante acueductos que conducían el agua desde muchos kilómetros de distancia. Sin embargo, el sistema tradicional de contar con agua ha sido, desde muy antiguo y llegando incluso hasta nuestros días, la reserva de la misma en cisternas excavadas en la roca, capaces de embalsar para todo el año el agua de la lluvia invernal. 

Jerusalén no está situada en un lugar demasiado estratégico, que constituya un punto clave en las comunicaciones de aquella zona del Oriente Próximo, como podría ser, por ejemplo, el caso de la antigua ciudad de Megiddo, levantada en el paso obligado del camino que desde Mesopotamia conducía a Egipto. La tierra de Palestina, entre el Mediterráneo y el Gran Desierto de Siria, ha sido desde siempre un punto de contacto entre civilizaciones. Pero la vía, por donde en la antigüedad se desplazaban las caravanas con mercancías procedentes de los principales centros de comercio y focos culturales, así como los formidables ejércitos de las grandes potencias, atravesaba la Galilea y continuaba junto a la costa, la llamada Via Maris (Is 8,23). Jerusalén, situada en lo alto de la cordillera, aun perteneciendo a este país de paso, quedaba un tanto desplazada de la ruta principal. No obstante, también existía un camino norte-sur a través de la montaña, que enlazaba entre sí las poblaciones serranas del país (Jc 21,19). En esta ruta, Jerusalén aparece como un bastión importante e insoslayable, que controla todos los desplazamientos y sirve a su vez de enlace entre la costa mediterránea, la depresión del Jordán y la extensa meseta transjordana. 

Todas estas observaciones son válidas no sólo para los tiempos antiguos, sino también, en cierta medida, para los modernos. Jerusalén es, pues, una ciudad que, aparte del significado de sus ancestrales connotaciones religiosas, debe ser retenida por cualquier potencia que intente dominar el país. Pero es que, además, la ciudad, debido a sus condiciones topográficas, es una plaza muy difícil de tomar, como repetidamente se ha...



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