E-Book, Spanisch, Band 76, 184 Seiten
Hermsen Un cambio de rumbo
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18859-40-3
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Rosa Luxemburgo y Hannah Arendt
E-Book, Spanisch, Band 76, 184 Seiten
Reihe: Biblioteca de Ensayo / Serie menor
ISBN: 978-84-18859-40-3
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Joke J. Hermsen (Holanda, 1961) es doctora en Filosofía y especialista en la vida y obra de Hannah Arendt y Lou Andreas-Salomé. Ha sido galardonada en su país por sus ensayos sobre arte contemporáneo, literatura y filosofía. Domina también el género de la ficción e imparte numerosos cursos y conferencias.
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A finales del verano de 2018, cuando empecé a profundizar en la obra de Rosa Luxemburgo, ya se respiraba una atmósfera de insurgencia en el entorno de nuestro pueblecito de la Borgoña. A pesar de sus promesas electorales, el presidente Macron aún no había hecho nada por las zonas más pobres de la Francia rural, y ahora, entre otras cosas, quería subir los impuestos de los combustibles. Cada vez había más gente con problemas para llegar a fin de mes, mientras que la élite recibía regalos como la abolición del impuesto sobre el patrimonio. Los ambiciosos planes de En Marche!, el partido de Macron, resultaron ser palabras huecas. El coste de la vida no había hecho más que aumentar y todo el mundo andaba con el agua al cuello. On n’en peut plus, resopló nuestra vecina («No podemos más»). Tras muchos años trabajando de enfermera, ahora se las veía y se las deseaba para cuadrar las cuentas con una raquítica pensión. Y no era la única. Su frustración, como pudimos comprobar pocas semanas después, era un sentimiento muy extendido entre la población e iba a derivar en una fuerte ola de protestas, no solo en la Borgoña, sino en toda Francia.
La mayoría de los habitantes de Nièvre —el departamento de la Borgoña donde desde hace diez años estamos restaurando una vieja posada— se han dedicado tradicionalmente a la agricultura o la silvicultura. Otros explotaban cafés, panaderías o tiendas de comestibles, como hizo la madre de nuestra vecina durante toda su vida. Ahora, sin embargo, el tejido de pequeños negocios ha desaparecido casi por completo de los pueblos de la zona, y unos pocos terratenientes se reparten los miles de hectáreas de tierras de cultivo. Para hacer la compra hay que ir en coche a la filial de una gran cadena de supermercados, la misma que paga precios cada vez más bajos a los agricultores y ganaderos por la fruta, la verdura y la leche. Y para visitar al médico, franquear un paquete en una oficina de correos o comprar una medicina en la farmacia también hay que salir a la carretera, motivo por el cual sentó tan mal y tuvo consecuencias tan dramáticas la propuesta de Macron de subir los impuestos de la gasolina.
En el siglo XIX, Victor Hugo y Émile Zola describieron la pobreza y las difíciles circunstancias de las clases bajas en novelas como Los miserables (1862) y Germinal (1885). Más de un siglo después, la desigualdad económica y la diferencia de clases vuelven a ser los temas de escritores contemporáneos como Annie Ernaux, Didier Eberon y Édouard Louis. Este último, hijo de un obrero incapacitado a causa de un accidente en una fábrica, acusa con furia apenas disimulada a la élite política francesa —a la que reprocha dominación social y desprecio a las clases bajas— en Quién mató a mi padre (2018). A principios de octubre, Édouard Louis ofreció una conferencia sobre su novela en el Paradiso de Ámsterdam, el famoso templo del pop por donde han pasado estrellas del calibre de los Rolling Stones, Patti Smith, Pink Floyd, Prince, Amy Winehouse y David Bowie. Ante una sala abarrotada, argumentó que el capitalismo neoliberal, en combinación con el elitismo y la tecnocracia, ha propiciado la aparición de una subclase condenada a una vida miserable y humillante. Predijo que, en el caso de Francia, esa situación sería causa de grandes disturbios sociales, y el tiempo le dio la razón antes de lo que él mismo había imaginado. Dos semanas después, los primeros grupos de ciudadanos con chalecos amarillos empezaron a bloquear carreteras y rotondas. Durante nada menos que setenta sábados seguidos, un movimiento social surgido de forma espontánea organizó protestas contra la política de Macron en ciudades grandes y pequeñas de todo el país.
No obstante, Francia no fue el único escenario de protestas políticas en 2018. En España, por ejemplo, arreciaron las llamadas «mareas blancas» contra la ola de privatizaciones en la sanidad pública, y en otros países europeos como Italia, Serbia, Austria, Polonia y Alemania también salió la gente en masa a la calle para protestar contra la injusticia económica, la violencia de género o la crisis climática, esto último bajo el sorprendente liderazgo de la famosa activista sueca Greta Thunberg, por entonces aún en edad escolar. Hasta en mi propio país, más conocido por el «modelo del pólder» —la política holandesa de compromisos— que por su espíritu revolucionario, 2018 significó el comienzo de una impresionante serie de demostraciones contra, entre otras cosas, los recortes en sanidad y educación —por primera vez en la historia se manifestaron juntos catedráticos y estudiantes universitarios—, el folclore racista en torno al paje negro de san Nicolás y la crisis climática.
Y no solo siguió aumentando la temperatura de la atmósfera y se siguieron derritiendo glaciares. Los ánimos parecían calentarse también en todo el planeta. Después de la primavera árabe, como se dio en llamar la ola de protestas masivas que tuvieron lugar en 2010 en Túnez, Egipto, Libia, Siria, Irán y Yemen, cientos de miles de ciudadanos se alzaron también en la India, Brasil, Venezuela, Chile y Hong Kong contra la pobreza, la violencia, la opresión política o la corrupción. En muchos lugares se batieron récords de participación en protestas ciudadanas. En los Estados Unidos, por ejemplo, hubo varias manifestaciones de más de un millón y medio de personas, como la Women’s March (2017), contra la discriminación de las mujeres y la violencia de género, y la Marcha por nuestras vidas (2018), contra la venta libre de armas de fuego en los Estados Unidos. 2018 fue también el año en que la policía norteamericana mató a Stephon Clark, un afroamericano de veintidós años desarmado, lo cual dio pie a la enésima ola de protestas contra la violencia policial. Poco más de dos años después, con el asesinato de George Floyd, las protestas adquirieron proporciones planetarias. El movimiento Black Lives Matter, que había comenzado en los Estados Unidos en 2013, se extendió por todo el mundo.
«Los alzamientos populares siempre se producen de forma inesperada», aprendí aquel otoño de Rosa Luxemburgo (1871-1919) y del movimiento de los chalecos amarillos en Francia. Las protestas masivas casi nunca se orquestan desde arriba. Surgen desde abajo, desde el propio pueblo, y por eso es siempre tan impredecible el momento en que se va a producir un alzamiento. Hay algo inaprensible e incierto en toda lucha política, opinaba Luxemburgo, porque las revoluciones no se producen de acuerdo con una receta, ni responden a los principios de una doctrina, sino que dependen de la voluntad del pueblo, la cual, como demuestra la historia una y otra vez, es muy voluble. Sin embargo, aunque esa inseguridad hace muy difícil organizar un alzamiento, no debemos perder de vista la importancia de la protesta civil como medio para garantizar nuestra libertad de pensamiento y actuación, escribió Luxemburgo en La Revolución rusa (1918). En ese texto, muy crítico con el cariz que estaban tomando las cosas en Rusia, la pensadora polaca le reprochaba a Lenin, entre otras cosas, el hecho de que hubiera suprimido de inmediato esa libertad en favor de toda una serie reglas dogmáticas —incluida la lealtad al partido único— con las que el líder de los bolcheviques pretendía reducir al mínimo el margen de inseguridad.
Hace más de cien años, Rosa Luxemburgo abogaba por un mundo de justicia económica y social que solo podía hacerse realidad sustituyendo los regímenes dictatoriales del zar ruso y el káiser alemán por el socialismo democrático. Sin embargo, cuando cayeron el zar y el káiser —en 1917 y 1918, respectivamente—, ni Rusia ni Alemania instauraron la democracia basada en asambleas populares que ella había esperado. Hasta el mismo día de su muerte, Luxemburgo siguió criticando con dureza el régimen revolucionario de Rusia y el sistema socialdemócrata de Alemania. Expresar críticas, ofrecer resistencia y alzarse contra la autoridad eran para Luxemburgo actos políticos por antonomasia que daban expresión a la capacidad específicamente humana de decir «no» a las injusticias.
Pero, además de la lucha por la justicia, lo que motivaba a Rosa Luxemburgo era su fuerte anhelo de libertad política, aunque tuviera que pagarla con continuas penas de cárcel. El criterio propio, la independencia de juicio y la libertad de expresión eran para ella infinitamente más importantes que la adhesión al programa de un partido. «La autocrítica es el aliento y la luz de todo movimiento revolucionario», escribió en La Revolución rusa. Según ella, Lenin ejercía una forma dictatorial de poder, aceptaba privilegios para el partido único y quería arrebatarle la libertad al pueblo. Lo que había en Rusia no era su soñado socialismo democrático, que aún seguía «oculto en la niebla del futuro». A Lenin aquello no le hizo ninguna gracia y ordenó quemar todos los ejemplares del ensayo, pero, por suerte para nosotros, no consiguió su objetivo, por lo que disponemos de esa fuente para interpretar mejor la historia.
Fue Hannah Arendt (1906-1975) quien me condujo hacia la obra de Rosa Luxemburgo aquel verano en la campiña francesa, cuando releí Hombres en tiempos oscuros (1968). «¿Cómo logramos que los sentimientos de humanidad no vuelvan a convertirse en una quimera en tiempos políticamente oscuros?», se preguntó Arendt. Para buscar una respuesta acudió a autores como Karl Jaspers, Bertolt Brecht, Walter Benjamin y Rosa Luxemburgo. El mundo se vuelve oscuro cuando las personas dejan de experimentar un sentimiento de responsabilidad compartida y solo...




