E-Book, Spanisch, Band 89, 304 Seiten
Martínez El jardín mineral
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-10415-51-5
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Gemas y piedras preciosas en el arte y la cultura
E-Book, Spanisch, Band 89, 304 Seiten
Reihe: Biblioteca de Ensayo / Serie menor
ISBN: 978-84-10415-51-5
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Óscar Martínez (Almansa, 1977), doctor en Bellas Artes y licenciado en Historia del Arte, es en la actualidad profesor en la EASD de Valencia, ciudad en la que también cursó sus estudios. Tras una etapa dedicada al mundo del arte -como pintor, dibujante y grabador en diversas exposiciones individuales y colectivas tanto en España como en el extranjero-, en los últimos años desarrolla sus inquietudes artísticas desde un punto de vista literario. Ediciones Siruela ha publicado sus ensayos Umbrales (2021) y El eco pintado (2023).
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Perla
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«La literatura es el trabajo de la ostra: toma un instante en apariencia banal y lo transforma en algo que tiene el poder de revelar lo que somos».
GUSTAVO MARTÍN GARZO
«Todo arte es autobiográfico: la perla es la autobiografía de la ostra».
FEDERICO FELLINI
El tesoro más preciado de los mares
La atracción por las piedras preciosas las ha llevado a aparecer en innumerables obras literarias, muchas veces como personajes secundarios, pero también como verdaderas protagonistas. Ahí está la Ciudad Esmeralda del país de Oz en las novelas de Lyman Frank Baum, o la enorme gema esmeraldina alrededor de la que gira el argumento de , película dirigida por Robert Zemeckis en 1984 que tanto sorprendió a un niño de siete años aficionado a los minerales. Un talismán egipcio de lapislázuli es el mismísimo narrador de , novela escrita por el argentino Manuel Mujica Lainez, mientras que en torno a los poderes de un rubí mágico se desarrollan varios de los capítulos de la serie de televisión , basados a su vez en los cómics de Neil Gaiman. Otro rubí y un zafiro adornan a Narya y Vilya respectivamente, dos de los tres anillos élficos en el mundo creado por J. R. R. Tolkien —el tercero, Nenya, porta un diamante—. Por lo que respecta al iridiscente ópalo, su reciente mala fama puede provenir de , escrita en 1829 por Sir Walter Scott, en cuyas páginas aparece una joven hechizada que siempre lucía un ópalo en su pelo. Por último, las referencias a los diamantes son múltiples. Ahí están la piedra en cuyo interior se vislumbra la silueta de un felino y cuyo robo es la premisa de , célebre filme de 1963 dirigido por Blake Edwards; los de Ian Fleming, cuarta entrega de la serie de James Bond convertida en película en 1971 y protagonizada por el inolvidable Sean Connery, y, sobre todo, . En esta novela de 1868, William Wilkie Collins utiliza la desaparición de un gran diamante proveniente de la India como excusa para urdir una maravillosa trama que, desde entonces, está considerada como una de las primeras muestras de la novela policiaca.
Y, sin embargo, las perlas reinan y triunfan en este olimpo literario.
Las metáforas que las asocian con las lágrimas, las gotas de rocío o los dientes blancos de la persona amada nos acompañan desde hace siglos. En la «Sonatina» de Rubén Darío viajan desde Ormuz acompañadas de «rosas fragantes» y «claros diamantes», y en la «Rima III» de Bécquer, dedicada a reflexionar acerca de la inspiración creativa, son las palabras que el buen poema logra enhebrar como si de un collar se tratara. Una de las escasas «perlas malvadas» es la protagonista de (1947), novela corta de John Steinbeck en la que una familia de la Baja California ve cómo su futuro se ensombrece tras encontrar un enorme ejemplar dentro de una ostra. Y otras brillan desde las páginas de obras tan dispares como de Tracy Chevalier o de Carmen Posadas. Esta última está dedicada a la más famosa de todos los tiempos, esa que ha pasado por las manos de reyes, reinas y actrices de Hollywood como Elizabeth Taylor, hasta estar hoy en día en posesión de un último y anónimo comprador. Ahora bien, ¿de dónde proviene esta atracción por las perlas? ¿Qué hay detrás del hechizo que convierte a estas pequeñas esferas nacaradas en algo tan apreciado?
Desde hace miles de años el ser humano posee un apetito voraz por ellas. Ya Plinio afirmaba que «están en el primer puesto del valor de todas las cosas», pues eran extraordinariamente difíciles de obtener y representaban el culmen del lujo y la exclusividad. Según el historiador romano Suetonio, el ansia por conseguirlas fue uno de los motivos que llevó a Julio César a intentar la invasión de Britania, y es también conocida la historia, quizás apócrifa, de cómo Cleopatra demostraba su inmensa riqueza bebiendo perlas disueltas en vinagre. Pocas cosas había más fastuosas; pocas gemas había más deseadas.
Como es sabido, las perlas se forman dentro de moluscos como las ostras y algunos mejillones cuando un agente externo penetra en su interior. En ese momento, el organismo se defiende del agresor aislándolo en sucesivas capas de nácar o madreperla, una sustancia formada por carbonato cálcico —un mineral inorgánico— y conquiolina —un biopolímero orgánico—. Como resultado, y en muy escasas ocasiones, la ostra genera esas esferas de brillo iridiscente que llamamos perlas. Pero aquí no acaban las dificultades estadísticas. Es seguro que en la inmensidad de los océanos esperan millones de ellas cobijadas en sus respectivas ostras, pero la probabilidad de encontrarlas es ínfima, lo que convierte al trabajo de buscador de perlas en una auténtica lotería. Además, las mejores y más perfectas provenían de lugares lejanos y exóticos tales como el golfo Pérsico —de nuevo las de Ormuz del poema de Rubén Darío— o el océano Índico. De hecho, se conocía como «oriente» al reflejo de la luz a través de las diferentes capas de nácar, un brillo tornasolado que aparecía en algunos ejemplares únicos y excepcionales y que era capaz de aumentar su precio.
Su valor también provenía de sus propias características físicas. No hay que olvidar que, durante miles de años, las piedras preciosas más conocidas —granates, zafiros, diamantes, esmeraldas o rubíes, por citar solo unas cuantas— no eran talladas en las formas facetadas y cristalinas que hoy conocemos. Las tecnologías del corte y labrado de estas gemas no se desarrollaron en su totalidad hasta tiempos bastante recientes, por lo que las piedras eran por lo general pulidas y redondeadas hasta darles una forma globular conocida como cabujón. En ese contexto, las perlas más regulares eran gemas que no necesitaban talla alguna, lo que unido a su brillo irisado y su color blanco las dotó de unos simbolismos insuperables, tal y como recoge el gran historiador de las religiones Mircea Eliade en su libro .
Su forma las relacionaba de manera directa con la idea de perfección. Ya Platón en recoge el mito relatado por el dramaturgo Aristófanes, según el cual los humanos primigenios poseíamos forma esférica —con dos cabezas y dos pares de brazos y piernas—, y que, tras desafiar a los dioses, Zeus mandó cortarnos por la mitad hasta darnos nuestro aspecto actual. Por otro lado, la esfera culmina de manera tridimensional los simbolismos del círculo, una de las figuras fundamentales en toda cultura humana. Esféricos son el cielo y los cuerpos celestes, y con la esfera se asociaba al alma que debe ascender hacia las alturas. Así, la ostra deforme e irregular es imagen del cuerpo temporal y perecedero, mientras que la perla se entiende como espiritualización de la materia y culminación de esta evolución. Su color y brillo las vinculaba también con la Luna. De hecho, se creía que eran capaces de sanar enfermedades «lunares» como la melancolía y la locura —no en vano, se denominaba «lunáticos» a quienes padecían episodios puntuales de enajenación—.
Y será de esta última asociación de la que derivarán los que quizás sean sus simbolismos más poderosos, pues las perlas serán pequeñas lunas que iluminan nuestras noches y fecundan nuestras vidas.
¿Collares o cadenas? ¿Adornos o prisiones?
No es difícil encontrar una pintura en la que una mujer luzca perlas. Ya sea en forma de pendientes, broches, colgantes o collares, han adornado desde siempre a las más poderosas y, en ocasiones, desgraciadas de entre las mujeres. Una de ellas fue Leonor Álvarez de Toledo, también conocida como Eleonora de Toledo. Esta figura extraordinaria era hija del virrey de Nápoles Pedro Álvarez, esposa del duque de Florencia Cosme I, abuela de la reina francesa María de Médici y antecesora de todos los Borbones que hubo, hay y habrá en las cortes europeas. Fue retratada en numerosas ocasiones por el pintor manierista Bronzino, y el óleo más conocido es el conservado en la Galería de los Uffizi de Florencia en el que aparece acompañada de su hijo Giovanni. Y de decenas y decenas de perlas. Las hay en la redecilla que le recoge el pelo, en una gorguera de hilo dorado que le cubre parte de los hombros, en los dos enormes collares que rodean su cuello —el más ceñido con una enorme en forma de lágrima— e incluso en la borla de aljófar que remata el cinturón. Apenas pueden identificarse otras gemas en este retrato oficial: varios diamantes, un gran rubí en la parte central del fajín y lo que parece ser una esmeralda en el mismo cinto. Esta absoluta preferencia por las perlas no es casual; este triunfo de lo orgánico y marino frente a lo mineral y terrestre no es fortuito. Y es el sobrenombre por el que se conocía en la corte a Leonor el que nos dará la pista definitiva: señora duquesa.
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