Watzlawick | ¿Es real la realidad? | E-Book | sack.de
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E-Book, Spanisch, 272 Seiten

Watzlawick ¿Es real la realidad?

Confusión, desinformación, comunicación
1. Auflage 2011
ISBN: 978-84-254-2776-3
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

Confusión, desinformación, comunicación

E-Book, Spanisch, 272 Seiten

ISBN: 978-84-254-2776-3
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
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Los autores, miembros del equipo que trabajó diez años en Palo Alto (California) con Gregory Bateson, estudian aquí la pragmática de la comunicación interpersonal. La comunicación es considerada como una relación cualitativamente diferente de las propiedades de los individuos que participan en ella. Después de definir ciertos conceptos generales, los autores presentan las características básicas de la comunicación humana e ilustran sus manifestaciones y sus posibles perturbaciones. Los distintos aspectos de la teoría son ejemplificados mediante un análisis de la pieza ¿Quién teme a Virginia Woolf?, de Edward Albee. Se analiza la importancia especial de la paradoja y la contradicción en la comunicación humana, tanto desde el punto de vista de la patología como de la terapia. La conducta perturbada es vista como una reacción comunicacional ante una situación que tiene determinadas propiedades, y no como una enfermedad localizada en la mente del individuo. Se discute también la famosa teoría del doble vínculo sobre la esquizofrenia, y se ejemplifica la situación contradictoria que caracteriza al doble vínculo en unas variadas situaciones interpersonales, incluida la psicoterapia. En el último capítulo se establece una comparación entre la teoría de la comunicación y el punto de vista existencial. Dentro de la nueva literatura sobre los fenómenos de la comunicación humana, este libro está ya en camino de convertirse en un clásico.

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PARTE SEGUNDA DESINFORMACIÓN El orden es la ley suprema del cielo (Alexander Pope). Es la teoría la que determina lo que podemos observar (Albert Einstein). Nos hemos venido ocupando hasta ahora de situaciones en las que un comunicado no llega a sus destinatarios en la forma intentada por el comunicante, bien porque las perturbaciones de transmisión o traducción lo hicieron imposible, o bien porque el comunicado mismo se había desfigurado hasta tal punto que estaba en contradicción con su significación propia (es decir, se había desvalorizado y descalificado a sí mismo) y resultaba, en consecuencia, paradójico. En los dos casos se producía una confusión. Hemos visto también que la incertidumbre creada por la confusión desencadenaba una inmediata búsqueda de orden. En esta segunda parte del libro comprobaremos que este estado de incertidumbre puede producirse no sólo debido a fallos o a paradojas involuntarias, sino también en virtud de unos determinados experimentos, cuya finalidad es investigar el comportamiento de los organismos en su búsqueda de orden. Se demostrará que pueden surgir muy notables perturbaciones en las concepciones de la realidad en aquellos casos en que resulta difícil comprender el orden, o cuando éste ni siquiera existe. A partir de estos experimentos, volveremos nuestra atención a las situaciones reales de la vida en las que el «director de la prueba» no es ya una persona, sino un concepto vago y genérico, que el lector llamará, de acuerdo con sus ideas metafísicas, realidad, naturaleza, destino o Dios. Las citas de Pope y Einstein que nos han servido para introducir esta sección del libro pretenden ser un primer toque de atención sobre la radical diferencia de resultados a que pueden llegar, en esta búsqueda, los distintos investigadores, de acuerdo con su previa y personal concepción de la realidad. Estas reflexiones nos llevarán a ciertos contextos perfectamente determinados en los que, de una parte, la comunicación es prácticamente imposible y, de otra, es preciso tomar una decisión común. ¿Cómo se comportan los seres humanos en esta disyuntiva? Una parte de esta investigación consistirá en un excurso a la esencia de la amenaza. Se hablará, finalmente, de algunos problemas relacionados con la retención consciente y voluntaria de información o con la intencionada comunicación de informaciones falsas, tal como se practica, por ejemplo, en el contraespionaje o como acostumbran hacer los agentes dobles. Todas estas muestras de comunicación se agrupan en esta sección del libro bajo el epígrafe (tomada de la práctica de los servicios secretos) de desinformación. En las páginas que siguen se examinará más de cerca el significado exacto de este concepto. LA NO CONTINGENCIA, O EL ORIGEN DE LAS CONCEPCIONES DE LA REALIDAD
Hay un gran número de situaciones en la vida a las que debemos hacer frente fiándonos únicamente de nuestra propia inventiva y perspicacia, porque son situaciones nuevas para cuya solución no se dispone de experiencias precedentes, o éstas son insuficientes. Esta falta de experiencias directamente aprovechables y la consiguiente incapacidad de abarcar a primera vista la naturaleza de la situación (es decir, este estado de desinformación) lleva a todos los seres animados a aquella búsqueda inmediata de orden y clarificación de que ya hemos hablado en la primera parte de este libro. Ahora bien, si la situación se ha estructurado de tal modo que no tiene ningún orden interno, pero el que está inserto en ella ignora esta circunstancia, la búsqueda de un sentido admisible llevará a unas concepciones de la realidad y a unas formas de comportamiento que revisten gran interés filosófico y psiquiátrico. Estas actuaciones pueden también producirse en forma de experimentos, cuyo denominador común es que en ellos no existe ninguna relación causal entre el comportamiento del animal (o la persona) sometido al experimento y la recompensa (o el castigo) en que se basa dicho comportamiento. Dicho con otras palabras: el organismo en cuestión cree que hay una relación inmediata y perceptible (lo que se llama contingencia) entre su comportamiento y los resultados que se siguen, cuando en realidad no existe tal relación; de ahí que en estos casos se hable de experimentos no contingentes. Algunos ejemplos, de creciente complejidad, pondrán más en claro el problema a que nos referimos. El caballo neurótico
Supongamos que a un caballo se le hace llegar una ligera descarga eléctrica en la pata a través de una placa metálica colocada en el suelo del establo; y supongamos también que unos segundos antes de cada descarga se hace sonar siempre una campana. El caballo «supondrá» que existe una relación causal entre el sonido de la campana y la descarga y, por tanto, cada vez que suena la campana, despegará la pata del suelo. Una vez ya establecido este reflejo condicionado, puede desmontarse el dispositivo eléctrico, porque inevitablemente el caballo alzará la pata cada vez que suene la campana, creyendo evitar la descarga eléctrica, en virtud de un comportamiento cuya eficacia ha quedado bien demostrada. Esto lleva al interesante resultado de que cada vez que el animal alza la pata y evita, por consiguiente, la descarga, se confirma en su suposición de que alzar la pata es el comportamiento «adecuado» para protegerse de una experiencia desagradable. Y con ello no hace sino consolidarse este falso comportamiento. Dicho de otra forma: este comportamiento, supuestamente adecuado, es el que imposibilita al caballo el importante descubrimiento de que ya no existe la. amenaza de descarga eléctrica. La solución se ha convertido en problema. Esta génesis de problemas no es en modo alguno privativa de los animales; tiene un campo de aplicación universal, válido también para la esfera humana, sólo que en este último caso se habla de síntomas neuróticos o psicóticos [181]. La rata supersticiosa
En términos generales se entiende por superstición una debilidad típicamente humana, o un intento mágico por conseguir influencia o poder sobre la caprichosa veleidad del mundo y de la vida. Pero resulta curioso constatar que puede inducirse por medios experimentales un comportamiento supersticioso en un ser tan poco dado a filosofías como una rata de laboratorio (y otros muchos animales, por ejemplo las palomas [115, 165]). El dispositivo experimental es muy sencillo. Se abre la jaula de la rata frente a un espacio de unos tres metros de longitud y medio metro de anchura; en el otro extremo de este espacio hay una escudilla de comida. Diez segundos después de abrirse la jaula cae comida en la escudilla, suponiendo que la rata haya invertido diez segundos en llegar desde la jaula al recipiente. Si tarda menos de diez segundos, la escudilla permanece vacía. Tras una serie de ensayos al azar (la llamada conducta de ensayo y error), la rata, muy hábil para establecer interconexiones de sentido práctico, crea una evidente relación entre la aparición (o no aparición) de la comida y el factor temporal. Ahora bien, como normalmente sólo necesita dos segundos para recorrer la distancia que media entre la puerta de la jaula y la escudilla de la comida, debe dejar transcurrir los restantes ocho segundos de una forma que está en contradicción con su instinto natural de dirigirse derechamente a la comida. En tales circunstancias, estos segundos adquieren para ella una significación pseudocausal. Pseudocausal, en este contexto, significa que todo comportamiento— hasta el más extraño —de la rata en estos segundos extra actúan confirmando y reforzando las acciones que el animal «supone» ser necesarias para conseguir ser recompensada por el buen Dios con la aparición del alimento; y éste es el núcleo esencial de lo que en el ámbito humano designamos como superstición. Es evidente que estos comportamientos accidentales son distintos en cada animal y que pueden revestir formas sumamente caprichosas; por ejemplo, una especie de procesión a saltos adelante y atrás, en dirección a la comida, o una serie de piruetas a derecha e izquierda, o cualesquiera otra clase de movimientos que la rata ejecuta, al principio de una forma puramente casual, pero que luego repite con sumo cuidado porque, para ella, de su adecuada ejecución depende la consecución de la comida. Cada vez que, al llegar a la escudilla, encuentra ya la comida, se refuerza su «suposición» de que la ha conseguido gracias a su «adecuado» comportamiento. Podría, por supuesto, objetarse, que en esta explicación se confiere a la rata una especie de concepción del mundo de tipo humano, y que esto es pura fantasía. Pero no puede pasarse por alto su sorprendente semejanza con ciertos comportamientos forzados humanos, basados en la superstición, por cuanto que se les considera necesarios para conjurar o ganarse el favor de poderes superiores. Cuanto más complicado, tanto mejor
Los recién descritos resultados de la no contingencia son, naturalmente, mucho más acusados en la esfera humana y pueden influir de forma persistente en nuestra concepción de la realidad. Así lo han demostrado varios experimentos realizados en la Universidad de Stanford, bajo la dirección del profesor Bavelas. En uno de estos experimentos dos personas, A y B, se sientan ante una pantalla para proyección de diapositivas. Entre los dos, una pared divisoria impide que puedan verse; se les ha recomendado, además, que no hablen entre sí. Cada uno de ellos tiene delante dos botones o teclas, con la...



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